
La clave para perderle el miedo a la cámara no está en la cámara. Está en entender de dónde viene el miedo, en saber qué hacer para que tu empresa aparezca cuando el cliente busca, y en realmente saber qué necesita saber la persona detrás de la pantalla para confiar en ti.
Eso es todo. No es que te guste hablar en público. No es que te guste llamar la atención. Es saber exactamente a quién le estás hablando y qué debes decir antes de apretar grabar.
¿Por qué no me gusta la cámara?
No te pasa solo a ti. A la mayoría de las personas no les gusta verse en un video.
En el chat de mi clase gratuita, casi todos los días, me llega alguna versión de la misma frase. “No me gustan las cámaras ni exponerme a redes sociales.” “No quiero mostrar mi cara en redes.” Distintas personas, semanas distintas, casi las mismas palabras.
Una clienta mía, contadora, me lo dijo así en nuestra primera llamada: “Me da susto… no me gusta mucho la idea, pero sí, estoy clara de que es lo que se tiene que hacer.”
El susto es real. Lo que casi nadie te dice es de dónde viene.
No viene de la cámara. Viene de lo que tu cabeza cree que tiene que hacer para verse bien frente a ella: hablar perfecto, mostrarte perfecto, en otras palabras, actuar un personaje, sin saber quién está del otro lado. Eso asustaría a cualquiera. A mí también.
Cuando entiendes que no tienes que verte perfecto, solo tienes que verte como eres, el susto cambia de forma. Sigue ahí un poco, la primera vez. Pero deja de ser pánico y se vuelve nervios normales, los mismos que tendrías antes de una llamada importante con un cliente real.
Pero lo que realmente hace toda la diferencia es:
Y eso nos lleva al próximo punto.
¿Por qué me veo tan raro o rara cuando me grabo?
No te ves raro ni rara. Te ves incómodo, incómoda, porque estás actuando para una audiencia que no existe.
Un cliente mío, que lleva años reparando equipos con sus propias manos, me lo dijo con una honestidad que no le pedí: “Yo no soy persona de cámara. Entonces, como no soy persona de cámara, me veo raro en todo lo que hago.”
Y sin embargo, ese mismo hombre, cuando tiene un cliente real al frente explicándole qué le pasa a su equipo, no se ve raro. Se ve seguro. Sabe exactamente qué decir, cómo pararse, cómo mirar a los ojos.
La diferencia no es la cámara. Es a quién le está hablando.
Frente al cliente real, le habla a una persona. Frente a la cámara, sin darse cuenta, le empieza a hablar a un público imaginario: su ex jefe, sus competidores, todo el que alguna vez lo juzgó. Ese público no le va a decir nada de vuelta. No hay a quién mirarle los ojos. Por eso se ve raro. No porque le falte algo. Porque le falta alguien.
Cuando grabas pensando en esa persona real, con su problema real, tu cuerpo deja de actuar y empieza a hablar. Se nota. Siempre se nota.
Y ahí aparece la última pieza, la que más rápido se resuelve una vez que entiendes las dos primeras.
¿Por qué no sé qué decir cuando me pongo a grabar, si en persona sí sé exactamente qué responder?
Porque es muy difícil saber qué decir cuando quieres decir las cosas perfecto y verte lo mejor posible.
¿De dónde viene el bloqueo?
Esto es lo que más veo en las llamadas que tengo con dueños de negocio de servicio. La misma persona que se congela frente a la cámara puede hablar veinte minutos sin pausa, sin dudar, cuando tiene a un cliente real sentado enfrente.
Saben exactamente qué decir cuando la persona está frente a ellos. Conocen su oficio. Conocen las preguntas que les hacen siempre. Tienen la respuesta lista, sin ensayar, porque la han dado cien veces.
Lo que cambia frente a la cámara no es el conocimiento.
Es no entender la estructura del mensaje y lo que la persona a la que le estás hablando necesita ver.
El problema no tiene nada que ver con tu propio miedo o inseguridad o preferencia personal sobre las cámaras y tiene todo que ver con la psicología de tu cliente.
Pero en tu mente esto se confunde, porque lo que tú estás viendo es que ya no le están hablando a esa persona conocida. Le están hablando a nadie, o peor, a todo el mundo al mismo tiempo. Y hablarle a todo el mundo, en la práctica, es lo mismo que no hablarle a nadie. Por eso la mente se queda en blanco. No es que se te olvidó lo que sabes. Es que perdiste de vista a quién se lo estabas diciendo.
Si hoy tuvieras un millón de personas mirándote, seguirías sin saber qué decir. Pero si tienes a una sola persona, tu cliente ideal, con su problema exacto, sentada del otro lado de esa pantalla, la respuesta llega sola. Porque ya la tienes. Se la has dado antes, muchas veces, solo que sin cámara de por medio.
Ese es el trabajo real antes de grabar nada: saber, con precisión, quién es esa persona. No se trata de aprender a hablar mejor. Se trata de saber qué decir.
Perderle el miedo a la cámara no es una habilidad que se entrena sola, en silencio, grabando y borrando cien veces hasta que salga bien. Es una claridad que se construye antes de grabar: quién es tu cliente, qué necesita escuchar, y por qué eres tú quien se lo tiene que decir.
Cuando tienes eso resuelto, la cámara deja de ser el problema. Se convierte en lo que siempre debió ser: el camino más corto entre lo que tú sabes y la persona que lo necesita escuchar.
Si quieres saber cómo encontrar exactamente lo que tu cliente necesita escuchar de ti, sin gritar más fuerte, sin convertirte en influencer, sin dejar de ser quien eres, tengo una clase gratuita donde te lo muestro.
Denise Schmeichler ayuda a empresas de servicio a transformarse de invisibles a altamente visibles. Lleva más de dos décadas en el mundo digital y trabaja con dueños de negocio latinoamericanos en Estados Unidos.
